No nos es dado olvidar,

no se pierde de  las pupilas

el color de la calle en la que jugábamos de niños,

el bamboleo de la cuerda,

mucho menos aquel gol.

 

Nunca se borra la huella que dejaron los labios sedientos,

ni la mano que nos quitó el polvo,

ni la luz en los ojos que gritaban palabras de amor,

no se olvida el sabor de  la escuela primaria,

ni el olor de los lápices,

ni el pan de la madre,

ni el aliento a dulce de melocotón de la

profesora que nos mostraba la A, la E...

 

No se olvida la sangre, ni el frío,

tampoco la danza, la risa, ni el mar.

No se olvida la mano de la muchacha

con  dedos juguetones que al aire gritaban vuelve

y trazaban líneas  invisibles para ti.

 

No se olvidan las noches desnudas,

las noches saciadas,

las noches noctámbulas,

las noches sonámbulas,

noches  sin poder dormir, 

o noches de muerte, plenas y tranquilas,

ahogados en la dulce calma del amor.

 

No es de humanos el olvido,

no nos fue dado olvidar.