Ocho años después y por culpa de Ajmátova.

Un día logré escapar

de los barrotes que me privaban

de la libertad que poseía.

 

          I

 Éramos seis mil mujeres en la cola,

A veces pensaba que era tanto el dolor

que los ladrillos empezarían a romperse

uno a uno para darnos paso.

Yo miraba la figura que me antecedía,

llevaba ella el cabello suelto,

sin brillo, húmedo por la madrugada.

Apenas empezaba la noche para muchos,

nosotras ya estábamos cansadas.

Cada vez, cada domingo una mujer me antecedía

y cada tanto yo me preguntaba

si ella era de las que tenía esperanza y rezaba

o como yo, de las que solo esperaba el fin,

regresar nunca,

olvidar a caminar al compás de las otras,

que la tierra en un  momento de hambre se abriera

y se tragara todo aquello,

con todos.

Yo no quería la muerte,

solo el fin de la marcha  y la tristeza.

 

          II

 Veinte meses pasé haciendo cola a las puertas de la Cárcel Bellavista,

aquí todos los años son años del terror y esos eran los peores.

Madres que parieron hijos inocentes

miraban con desprecio el vuelo de mi falda,

desde buses que levantaban polvo rojo.

Nunca nadie me habló,

tal vez la otra era la madre del hijo asesinado por mi hombre,

todas  sabíamos de sus crímenes y callábamos.

En ese entonces yo era igual que todas ellas,

compartíamos una culpa ajena,

en medio del  silencio atronador de la madrugada.

 

          III

 Recuerdo que era Domingo,

Recuerdo que no llegaste,

que el sol brillaba  y en el cielo  no había una sola nube agorera.

Llamé a tu madre,  entre lágrimas me  dijo donde estabas.

Un guardián me envió tu nota:

"Ahora si eres  libre de mí", escribiste.

En ese instante una cadena invisible me

amarró a tu tragedia, a tu crimen,  a tu locura. 

Mis pies como raíces penetraron la tierra árida,

de mis ramas nunca brotaron flores,

se murieron los hijos, los días,  la madre.

Un día en que caían  las hojas de mi cuerpo,

abrí los ojos,

el sol como aquel día brillaba,

tampoco había nubes agoreras en el cielo,

un pájaro rojo cruzó ante mis ojos,

el viento inmóvil susurro a mi oído invisibles canciones,

lo comprendí todo,

un dolor atravesó mi espalda

y me aleje de ti.

 

          IV

 He vuelto,

desde mi ventana observo el vuelo de las faldas,

mirarlas a la cara es pecado,

las preguntas se descubren con los ojos.

Cuento...  

también hoy son seis mil,

alguien mas ha tomado mi lugar, 

pero no el dolor,

ya no llevo penas en la bolsa,

no comparto crímenes ajenos,

los ladrillos rojos  han caído para mí.

Cierro los ojos y cuento hasta diez,

hasta veinte,

hasta treinta y ya no existen,

Acelero el automóvil,

el viento de la mañana se enreda en mi cabello,

y todo queda atrás.